Lacan se burlaba de la Historia, con mayúscula, por su afán de ordenar sensata y progresivamente la locura y el absurdo de nuestras colectividades. No faltan escépticos que dicen que no aprendemos nada de ella, y que eso es lo único que enseña. Un marxista defraudado como Orwell verá en la historia una reescritura incesante, a pedido del amo, para borrar los fracasos.
Los analistas están en situación de escribir la corta historia de un ensayo para hacer del psicoanálisis una respuesta a las demandas sociales. Son importantes los testimonios de aquellos embarcados en el esfuerzo, pues lo que se evidencia es la cadena de sucesos que se ponen en marcha, de un modo casi imparable.
Decimos casi, pues nos hemos enderezado, o estamos en esa lucha. Aclarando que, por nuestro lado, la habíamos empezado no el año pasado, sino bastante antes.
Constatamos entonces que en el automatismo de las consecuencias de un discurso hegemónico y homogenizante queda el lugar/momento para que algo acontezca irruptivamente. Jacques Alain Miller hizo el gesto y lo prosigue, tratando de llevarlo con finura y sutileza.
Lacan en otro momento, dijo no a la tendencia hacia el grupo consolidado. Su política fue disolver y recomenzar. Trabajar el agujero del inconsciente es también operar en el remolino de la disolución de lo instituido.
En todo lo reciente destaquemos el fenómeno de grupo. He aquí algo que tiene un enorme interés para una práctica, la analítica, que quiere ponernos, en el otro extremo.
El grupo consiste, prolifera, se consolida, se jerarquiza, se proyecta, negocia su permanencia, perfecciona sus mecanismos de nominación y reelección. El pegoteo, como lo llamaba Lacan, es su ley. El democratismo aleatorio y el remolino disolvente son pesadillas para el grupo.
Si Lacan, en sus comentarios sobre la disolución de la Escuela Freudiana de Paris, pudo decir que hay una tendencia irresistible hacia la jerarquía religiosa, preguntémonos cómo se puede hibridar ello con la igualmente irresistible tendencia a la aplicación biopolítica. Se empieza por la acreditación de la licencia profesional y se acaba en la corriente de la higienización social.
Hemos discutido el papel de la cultura en el achatamiento de toda arista sintomática. Tenemos ahora que distinguir los efectos de la inventiva y los del simple descubrimiento. Grandes proyectos o pequeños instrumentos recogidos en el quehacer cotidiano. Esto vale para la práctica en intensión del psicoanálisis, como para su posición en los asuntos que la canallada sociopolítica le propone. Porque, si hay algo que define a toda oligarquía de poder y riqueza, es la usurpación sistemática del lugar del Otro para dictar la conveniencia universal.
No vamos entonces a respirar con alivio, ahora que las cosas parecen, según se dijo, corregidas. No celebraremos una lucidez que se demostró demasiado tardía, y sobre todo, poco atenta a otras voces tempranas.
Tampoco justificaremos la necesidad de un ensayo, del tipo que Lacan –en Radiofonía y Televisión- calificara de vano: echarse la miseria del mundo al hombro y colaborar con el discurso que la condiciona.
Preferimos seguir en la alerta amarilla: atentos y calmados. Proseguimos haciendo lo indispensable en una Escuela para producir un saber actual y operante sobre lo que Lacan llamaba, en el 64, el psicoanálisis en acto.
Específicamente trataremos de sustentar que el psicoanálisis no lanza al mundo un nuevo mensaje. No es educativo, ni curativo, ni diagnostica la realidad para los proyectos del amo político, aunque sus “aplicaciones” epistémicas proporcionen una moderación prudente a las aspiraciones delirantes, que en esos campos florecen con naturalidad.
La experiencia que Freud inauguró no es una puerta a los infiernos inconscientes, ni a un Edén de liberación. No es un progreso de sabiduría, aunque ayude a sentirse mejora a aquel que la transite. Es en el controvertido McLuhan donde hallaremos una fórmula inspirada, que ya fue rebajada por el consumismo desenfrenado de artilugios tecnológicos.
McLuhan ha creído en un mundo aldea, igualitariamente constituido por la universalidad de la información. Pero los mensajes imperativos del capital sometieron las posibilidades del medio.
Una vez más, como casi siempre ocurre, las relaciones de propiedad -el mensaje- aprisionaron a las fuerzas productivas –el medio-, según una lógica que Marx describió: Capital – Trabajo – Capital’.
El psicoanálisis es la ocasión de sublevarse contra el cálculo, saliendo de la razón instrumental biopolítica. Hay que demostrar que la práctica freudiana puede llegar a ser un juego apalabrante, desprendido de cualquier mensaje histórico y de toda esperanza.
El decir es el medio, el medio es el mensaje. Medio, decir, medio-decir, ése es el mensaje.
Los sábados de 11h00 - 12h30, Facultad de Psicología - Universidad de Guayaquil.
Perturbar la defensa
Por Juan de Althaus Guarderas
Este es un comentario sobre el curso de Jacques-Alain Miller, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, en particular el capítulo sobre Perturbar la defensa. Este es un concepto que Lacan lo abordó sobre todo el final de su enseñanza. Tal como se sabe, Lacan desarrolló cuatro momentos lógicos en su enseñanza o que es lo mismo decir, dio vueltas a los redondeles de lo imaginario, lo simbólico, lo real, para concluir en el anudamiento singular del sinthome. De esta manera, al retornar a Freud, Lacan fue más allá, hasta Joyce, y así logró cernir que “la tarea del analista, el efecto de su acto, podía ser calificado de perturbar la defensa” (JAM. Pág. 35)
Esto no significa que los momentos anteriores de su enseñanza quedarían anulados, eso sería un imposible, porque para el nudo del sinthome se necesitan los otros tres redondeles independientes, además que ya no serían momentos en una serie lógica. De esta manera, la interpretación psicoanalítica fue poniendo énfasis en la dimensión simbólica que introduce la falta en la propia imagen corporal totalizante. Lo simbólico da cuenta del punto de fuga de la imagen especular, de la mancha de la imagen del cuerpo que aparece como completa y consistente. Luego Lacan, al establecer en principio lo real como lo excluido de lo imaginario y de lo simbólico, lo real sin ley, le permite diferenciar dos tipos de intervención del analista.
En este sentido, Miller elucida que existen dos campos diferentes, el de la defensa y el de la represión. Cada uno implica dos operaciones disjuntas del analista. La represión está del lado de la verdad y la defensa del lado de lo real. Incluso, la resistencia está del lado de la represión. Miller argumenta: “El sujeto formula algo y el analista introduce una interpretación que hace vacilar el sentido que éste daba a su enunciado: es lo que en la época Lacan llama una interpretación de sentido, es un modo de interpretación. ¿Y cuando se habla de resistencia? Se habla más bien de resistencia cuando el sujeto no dice y el analista debe entonces de cierta manera forzarlo, conducirlo a decir, interpretar lo que no está dicho. En la interpretación de sentido, en cambio, el sujeto dice, y la interpretación destaca otra cosa… En última instancia, se distinguen… dos modos de interpretación, la interpretación de sentido y la interpretación de resistencia… (que) dependen en definitiva del mismo registro. Son interpretación, mientras que al tratarse de la defensa se sale de este registro” (JAM. Pag. 52. Subrayados nuestros).
Para Freud, la interpretación no califica como operación analítica en relación a la pulsión. Lacan añade que las aberraciones de los psicoanalistas se ubican al descuidar la interpretación para preferir una relación directa con la pulsión, donde “desaparece a su entender toda sospecha de verdad”, y por lo tanto los análisis se interrumpen. Aquí Miller afirma que Lacan restableció, a deferencia de los postfreudianos, el valor de la interpretación, el valor del semblante “y este es todo el sentido de su primera enseñanza” (JAM. Pág. 52).
La orientación hacia lo real tiene que ser de la buena manera, a diferencia de los analistas de los años 20 que lo hicieron de la mala manera, donde el valor de la verdad se desprecia y terminaron ocupándose de los datos objetivos de la experiencia, del comportamiento del paciente, no de lo que dice. Eso se paga “con la transferencia negativa”. Como consecuencia, Lacan va precisando la interpretación en la dirección que apunta a separar el S1 del S2 (S1//S2) cuando el analista interviene, usando el semblante, para remover los enunciados del paciente, y abrir el agujero del sinsentido. A esta operación se le denominó “interpretación corte”.
Las interpretaciones que tienen que ver con la verdad y el sentido, se estructuran en el binario S1 y S2, en tanto formulados así: S2/S1, es decir, la represión. Se trata de hacer surgir una verdad, una revelación, lo cual se produce en el análisis durante la mayor parte de su trayectoria, por el lado del paciente. El analizante va revelando la verdad de sus fantasmas e identificaciones. Son verdades a medias, en tanto que van cambiando. El analista puede operar con el corte desde un inicio, sin embargo el analizante intentará nuevamente otro desciframiento de su síntoma hasta llegar, después de un largo tiempo, a otra fase del análisis, a su “recta final” por así decirlo, donde los S1 son aislados. Estos significantes amo están fuera del sentido, no remiten a un S2, más bien, están pegados intensamente al goce del sujeto, y se encuentran muy cerca de lo real, entendiendo lo real como sin ley, sin sentido, sin orden, como un imposible de decir. La operación de separar el S1 del goce, es diferente, en tanto que la defensa se refiere a que el sujeto ha respondido con un S1 frente al “todo goce”.
Este concepto de perturbar la defensa viene desde Freud cuando relaciona la pulsión con el inconsciente, puesto que su experiencia mostraba que había algo que el sujeto manifestaba como una irrupción pulsional indescifrable. Esto ya no se ubica en el terreno de lo reprimido, de los significantes reprimidos. Está más del lado entre lo real y el semblante, de su oposición y exclusión.
Miller sigue desarrollando el tema, señalando que en el terreno del semblante (simbólico e imaginario) hay una falta de significante: S (…). Esta falta se puede simbolizar como un –1 negativo, siempre que salga del conjunto de los significantes. Siempre falta uno, porque sino la cadena terminaría en uno. Pero se puede decir, paradójicamente, que la cadena termina en el significante que da cuenta de la falta de uno. Este, en todo caso, es el S1, el nombre propio, que no tiene significación más que en su propio enunciado. Se vuelve sobre sí mismo sin necesidad de otro. Es un significante suplementario, excepcional, que crea el conjunto de los significantes: (–1 // A). Esto implica que hay uno que funda la estructura de un más allá de la cadena.
Pero Lacan no establece esta exclusión como absoluta. No lo es porque allí donde uno dice “aquí no hay nada”, está pasando de la nada total a una nada relativa, en tanto la nombra. Se pasa del nivel “0” al nivel “1”, testificado por el lenguaje básico de las computadoras: el 0-1. Entonces, aquí hay un aparatito simple (a lo que Lacan siempre se orienta) para hacer existir lo que no existe.
Ahora bien, Lacan va aún más allá con el concepto de extimidad o “exclusión interna”, porque al nombrar lo excluido hace ingresar en el conjunto de los significantes este elemento (● A), como vacuola interna, y que dio lugar a su mito de la “laminilla”. Es el Otro del Otro que no existe. En cierto momento, algo dice que el nombre del padre cumple esta función de nominación de la exclusión y organiza, mediante la ley, a los significantes. Pero, si en este sentido, el Otro está castrado ¿qué puede venir a su lugar como exclusión interna? Lacan responde que se lograría con un elemento heterogéneo, siendo éste el pequeño objeto a. Sin embargo, en el seminario XX ya lo descarta porque lo considera en el registro del semblante, a pesar que lo había puesto a funcionar como el S (A/) en los cuatro discursos. Por supuesto, Lacan buscaba una positivización frente a la negativización del significante, que ya lo había establecido con la teoría del fantasma.
Lacan desconfía del sentido. El semblante produce sentido e instituye lo real como una exclusión interna en relación al sentido. El psicoanálisis sería sólo de semblante si esa exclusión de lo real fuera total. Entonces, hay algún tipo de articulación entre ambos. Miller desarrolla: Hay la oposición entre lo realmente simbólico y lo simbólicamente real: R (● S) / S (● R), lo que significa que lo simbólico en lo real es una mentira, un engaño, y lo real en lo simbólico tiene que ver con la angustia “que no engaña”. Se trata a este nivel, de saber que no engaña, es decir, que se manifiesta de alguna manera en el semblante.
Entonces, la operación analítica que trabaja sobre el sentido enfatiza la fórmula de lo simbólico en lo real. La de perturbar la defensa, incide en la relación de lo real sobre lo simbólico. Estamos hablando de operaciones disímiles. No se trata de la resistencia, porque ese registro está más del lado de la represión, de una verdad mentirosa que no logra emerger.
Al final de su enseñanza, Lacan define que el valor del semblante tiene una modificación: Se trata de reducirlo al mínimo en la interpretación. Porque siempre es esa la orientación, la reducción del semblante a lo real. El S1 es una reducción que está más cerca de lo real porque hay una condensación de goce allí. El S1 no sería tal si no coagulara buena parte de goce. Si hay alguna resistencia real está allí, la dificultad de separar el S1 del goce, al cual está pegado. El sujeto defiende su S1 con el objeto a, como plus de goce, y se trata de separarlos.
Cuando se dice que es necesario reducir al mínimo el semblante en la interpretación, es porque no hay otra manera de operar del analista, que con el semblante. Bajo esta orientación, el “perturbar la defensa” implica lo que se denomina como la interpretación “jaculatoria”. El diccionario define esta palabra así: “oración breve y fervorosa”. Es decir, una combinación reducida del significante con un elemento efusivo de lo imaginario, de tal manera que “sacuda” el cuerpo del analizante, por así decirlo, en relación a un S1 pregnado de goce, y provocar una separación entre ambos. De esta manera el S1 se aísla como puro significante sin sentido, que no remite a ningún otro, por tanto está más cerca de lo real. En oposición, el semblante siempre produce sentido, salvo que, en este caso, con la interpretación jaculatoria, es como proferir una sola palabra enigmática, con fuerza, más aún si a continuación se corta la sesión, lo cual tiene preponderancia.
Siempre quedará algo de lo que no cesa de no escribirse, pero su borde puede ser establecido por lo que cesa de no escribirse.
Gracias a Dios, encontré el psicoanálisis.
Rodolfo Rojas Betancourt
Trabajando en nuestro cartel sobre “Psicosis y Autismo”, en días pasados discutíamos el tema del Nombre del Padre…¿a qué concretamente se refiere este sintagma???
Pensando en aquello se me ocurrió pensar, cual epifanía del famoso escritor, que, Gracias a Dios, si, algunos de nosotros, si no bien todos, hemos encontrado al psicoanálisis…si leyeron bien…Gracias a Dios, encontramos el psicoanálisis…o más bien gracias a la ciencia??
He aquí la línea de pensamiento:
El Nombre del Padre, hasta donde recordábamos tenía dos funciones:
- De nominación
- De regulación, al incorporar al sujeto a la Ley, (por la vía de la castración se me ocurre ahora).
Si me permiten un breve paréntesis, anoto que se me ocurría una tercera función: borromea, es decir, mantener la consistencia del nudo, de tal manera que los neuróticos no enloquezcamos…por lo menos no más allá de nuestra particular chifladura…
Así como la suma es la adición, la resta es…, etc., pues borromear es la operación que al incorporar 3 o más elementos, da como resultado a más de la unión de las mismas, una condición diferente: la consistencia. Pero no es cualquier consistencia1, es esta especial que desaparece si falta uno de sus elementos: tal es la característica del nudo borromeo y que no es indispensable para pensar la consistencia en general: una estructura puede perder elementos e irá a lo máximo perdiendo consistencia, pero esta no necesariamente desaparece con un solo movimiento.
Así pues borromear, guarda otra sorpresa cuando el corrector del programa en el que escribo estas palabras insiste en corregir con borronear, que también es, o sorpresa…tachar…la estructura?...y con esto cierro el paréntesis y prosigo:
De estas tal vez tres funciones nos surgía el eco dejado por varias lecturas2 sobre “la declinación de la función de declinación de Nombre del Padre”: era el surgimiento de la Ciencia como nueva cara del discurso del amo, la culpable de la declinación de las funciones del Nombre del Padre: nominación, incorporación del sujeto a la Ley y por tanto de borromear la estructura.
Podríamos decir que hasta entonces, una orden era acatada dependiendo de quién lo pedía: si era una autoridad (madre, padre, Iglesia, reyes, nobles, etc.) debía ser acatada sin más y no había vueltas que dar. Más con la ciencia, aparece otro posible: la razón… medible, calculable, cuantificable y sobre todo reproducible.
Tal es el ofrecimiento científico que cada vez se denota más del lado de quimera que de certeza, más eso no le ha quitado fuerza como nuevo personaje.
Así, cuando en la actualidad se ordena algo…es factible y hasta bien visto, que a alguno se le ocurra “dar la vuelta” y decir que eso no tiene fundamento…toda disposición así puede ser refutada, con consecuencias de todo tipo…terribles pero necesarias a mi parecer sobre todo en lo referente al Nombre del Padre.
En el manejo de la monarquía y la Iglesia sobre el discurso del Amo, hoy se postula como máximo exponente el recién llegado: la Ciencia.
Es en estos avatares de nuestro tiempo… -por cierta sensibilidad o más bien desensibilidad a los semblantes- que a quienes no nos ha bastado con lo que nos indicaba la religión, ni la sociedad, ni la ciencia y que tenemos la sensación de que hay “algo más”, …podemos decir en estricto orden de aparición: Gracias a Dios, encontré el psicoanálisis…
…ya que es por la coyuntura Religión-Ciencia que aparece un nuevo discurso: el psicoanalítico, el cual nos permite hacer algo con ese deseo inherente e incansable de descubrir lo oculto tras los semblantes…
1 Consistencia. (De consistente). f. Duración, estabilidad, solidez. || 2. Trabazón, coherencia entre las partículas de una masa o los elementos de un conjunto.
2 Marie-Hélene Brousse, “Los 4 discursos y el Otro de la modernidad”.